No le apueste al taxi

El mismo concepto de mercado libre que llevó a que una concesión de una chapa de taxímetro de costo original casi cero llegara a tener un valor de decenas de miles de dólares, debe aplicarse ahora ante la irrupción de los servicios de transporte colaborativo.

Viernes 25 de Enero de 2019

EDITORIAL

Jorge Cobas González
Fundador de CentralAmericaData

En una sociedad donde se practiquen los conceptos de la economía liberal, cualquier solución a los conflictos generados por nuevas tecnologías de producción de bienes o servicios, debe mirar hacia adelante y no hacia atrás. Que el camino del progreso no admite obstáculos es un axioma que los gobiernos inteligentes no pueden ignorar, puesto que el interés de los consumidores tarde o temprano prevalecerá, como lo atestigua la historia.

En el caso del conflicto entre las corporaciones de taximetristas y las aplicaciones digitales de transporte colaborativo, de las cuales es emblema UBER, la solución es clara y ya se ha aplicado en muchas partes del mundo, partiendo de que es el interés de los consumidores el que debe prevalecer.

En muchas ciudades, los empresarios del taxi analizaron cuáles son las características de los sistemas de transporte colaborativo que tienen la preferencia de los consumidores, y las adoptaron. Así, desarrollaron aplicaciones digitales que emulan, por ejemplo, a la de UBER, mediante las cuales el consumidor puede elegir con extrema facilidad a través de su celular, el tipo de vehículo en el que desea o necesita transportarse, puede conocer la persona que lo conducirá sabiendo que su identidad y condiciones para hacerlo están verificadas por una organización, no necesita llevar dinero en efectivo para pagar el servicio -con lo que se evita su eventual hurto tanto para el pasajero como para el taxista- y, lo mejor de todo lo que trajo la economía colaborativa, puede calificar el servicio, lo que no solo propende a la mejora del mismo, sino que le permite a otros consumidores ejercer la libertad de elegir lo que mejor se ajusta a sus intereses.

Por supuesto que el interés de los empresarios del taxímetro es proteger el valor de la inversión que han hecho en ese activo de muchos miles de dólares que vale hoy una placa de taxi. En forma legítima, esos empresarios aprovecharon los defectos de las normas y, en el marco de la libertad de comercio, acumularon concesiones de taxímetro cuyo valor hoy está puesto en serio riesgo, por esa misma libertad de comercio.

Los criadores de ovejas odiaron los tejidos sintéticos, los propietarios de las diligencias detestaron los automóviles, los fabricantes de vidrio lloraron ante los plásticos, y los estudios contables cayeron de rodillas ante la factura digital. Muchos de esos empresarios, avasallados por el progreso científico y tecnológico, quebraron y sus empresas desaparecieron. Pero algunos de ellos, los más inteligentes, se adaptaron y sobrevivieron, tras aceptar la pérdida de su preeminencia en el mercado. Es lo que tienen que hacer los empresarios del taxi: adaptarse y sobrevivir aceptando la pérdida del valor de su abusiva concentración de concesiones de placas de taxímetro.

Desde el punto de vista de un gobierno con normal y legítima preocupación por las fuentes de trabajo, no hay conflicto: la cantidad de trabajos para conducir será la misma, esto es, la que demande el mercado. No viajará menos la gente porque exista transporte colaborativo, así que los horas de trabajo para conductores se mantendrán, mientras que habrá un efecto positivo sobre la productividad general de la economía, al optimizarse el uso de los recursos materiales y humanos para el transporte de personas.

Y los gobiernos y las economías locales también ganarán, puesto que los sistemas de transporte colaborativo no tienen por qué ser globales, como lo demuestra su eficiente existencia local en muchas ciudades del mundo, sin que las ganancias se vayan para California.

Los empresarios del taxi tradicionales, al igual que los fabricantes de vidrio, ya perdieron, porque no se adaptaron. La muerte de las empresas ineficientes es un fenómeno natural y necesario en una economía liberal. Los gobiernos inteligentes no debieran entrometerse en estos conflictos que al final, deben tener, y felizmente lo tienen, un ganador: el consumidor. Los gobiernos obtusos o serviles ante intereses corporativos solamente podrán demorar lo inevitable: el progreso.

Los conductores de taxi, unos con perjuicios y los más con ganancia, sobrevivirán. Y la sociedad, en su conjunto, también ganará.

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