Mutación ¿y muerte? de la democracia

Ineptocracia: Sistema de gobierno donde los menos capaces para gobernar son elegidos por los menos capaces de producir y donde los menos capaces de mantenerse a sí mismos o tener éxito, son recompensados con bienes y servicios pagados por los pocos que sí producen y que cada vez son menos.

Viernes 25 de Setiembre de 2015

EDITORIAL

A medida que la noción de "derechos adquiridos" se extiende en su actual deformación que implica "no importa que se caiga el mundo el gobierno debe pagarme mi sueldo al final de cada mes", se acelera la conversión en ineptocracias de las democracias, en especial de las latinoamericanas, y muy especialmente en aquellas como Chile, Costa Rica y Uruguay, donde en algún tiempo pretérito una combinación de líderes preclaros y mayorías de ciudadanos laboriosos gestaron sociedades prósperas no solo en términos económicos sino también en civilidad y de armonía en la convivencia.

La creación del término ineptocracia y su definición, por Jean d'Ormesson, periodista y novelista miembro de la Academia Francesa, es una precisa descripción y también explicación del derrotero actual -barranca abajo- de nuestras democracias. En los tiempos modernos, los cambios (industrialización, racionalización, informatización) en los métodos de producción de riqueza (bienes y servicios) permitieron satisfacer con exceso las necesidades básicas de los ciudadanos, lo que habilitó tiempo para el ocio y más espacio para la satisfacción de las necesidades superiores. Esto generó cantidades crecientes de personas alejadas de las formas de producción real de bienes y servicios, sector donde, pese a todos los progresos, sigue habiendo resultados a veces buenos y a veces malos, al compás de sequías o inundaciones, bonanzas económicas o crisis financieras, y otros eventos fuera de control racional. Para este tipo de personas, la remuneración por su trabajo no depende de los resultados de la cosecha. Para ellos no importan sequías o inundaciones, bonanza o crisis económicas: su sueldo les debe llegar puntualmente, porque es un "derecho adquirido", en principio por costumbre, y luego formalizado y eternizado en el derecho positivo.

Demasiados economistas supuestamente modernos -como el publicitado Thomas Piketty- juegan con los números y escriben gruesos libros donde pretenden sabiduría en sus admoniciones sobre cómo distribuir riqueza. Pero nunca explican cómo generarla, porque no saben cómo hacerlo porque no tienen ni idea de cómo quebrar la cintura para acercar las manos a la tierra o de cómo hacer producir una máquina. Y las crecientes burocracias estatales abrevan en los Piketty para seguir creyendo que sus sueldos son "derecho adquirido" aunque en demasiados casos ni siquiera sus montos se correspondan con el esfuerzo que realizan para ganarlos, ni les importe de dónde sale el dinero para pagárselos.

Tras las bonanzas traídas por la democracia a países como Chile, Costa Rica y Uruguay, la ineptocracia superviniente en esas naciones aparece como inevitable nuevo estadio en la evolución de las formas de convivencia social. El caso es que -parafraseando a Margaret Thatcher- este nuevo sistema tiene sus días contados: son tantos como los que demoren en desaparecer los que producen riqueza.

Lectura relacionada: El ocaso del Estado Benefactor, de Carlos Alberto Montaner



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